Los órdenes del amor son condiciones básicas para que el amor fluya, como el canal para que el agua no se disperse o no se estanque. Quienes pretendan ignorar estas condiciones tendrán, con toda seguridad, importantes dificultades para experimentar el amor en su vida. Así de simple: nadie puede verdaderamente amar si primero no sabe recibir y agradecer.

Estas condiciones que el amor plantea son:

Primer orden Tiene que ver con la pertenencia, la vinculación y el orden. Está relacionado con el principio de totalidad:

Todos los miembros de un sistema tienen derecho a la pertenencia, forman parte y cumplen alguna función importante para el sistema.

La exclusión de alguno de ellos repercute negativamente en todo el conjunto.

Los sistemas no toleran ninguna exclusión.

Se producen consecuencias trágicas para las futuras generaciones cuando alguien no es respetado y es injustamente expulsado de la familia. Hace referencia a la idea de que en los sistemas vivos nada se pierde, de tal manera que si alguna persona, hecho, emoción o relación queda excluida, no ha sido completada o no ha sido adecuadamente integrada, alguien de una generación posterior lo recoge, con el objetivo de que se pueda integrar o completar.

Dicho de otra manera, el vínculo entre padres/madres e hijos/as es tan fuerte y profundo, que lo que los padres/madres no consiguen resolver intentaran resolverlo los hijos/as de la manera que sea. Bajo la luz de ese principio podemos entender un poco mejor la premisa de que todos actuamos por amor. Todo hijo/a actúa por amor. Aunque moleste, actúa por amor. Únicamente es necesario encontrar el punto en que se encuentra su amor. Una vez encontrado ese punto, de repente, su comportamiento queda claro totalmente.

Por el profundo amor que nos vincula a nuestra familia, las personas mostramos, con nuestra manera de actuar, alguna cosa que fue excluida, rechazada o que quedó incompleta. Ello puede comportar consecuencias negativas, porque puede abocar a la persona a implicarse en historias que no le corresponden y a repetir acontecimientos o desenlaces trágicos, o puede representar un impulso positivo y una gran fuerza vital para la propia persona y para el sistema. Sacarlo a la luz, poder mirar lo que fue y lo que no fue, y asentir a ambas cosas, reconvierte las dificultades en posibilidades y nos deja libres para avanzar hacia delante y seguir nuestro propio camino sostenidos por la fuerza de los vínculos.

Segundo orden Tiene que ver con el equilibrio entre el dar y el recibir que debe haber en todos los sistemas. En las relaciones entre iguales ese equilibrio es esencial, mientras que en las relaciones entre padres-madres e hijos-hijas, y también en las relaciones entre profesorado y alumnado, existe un cierto desnivel natural, no se consigue el equilibrio en la misma medida.

Los primeros dan más y los segundos nunca podrán devolverles el cien por cien de lo que han recibido. Los hijos/as sólo podrán devolver alguna parte de lo que han recibido, cuidando de los padres-madres cuando sean mayores. Gran parte de lo que han recibido lo habrán de devolver a otros, en el futuro. En un plano más individual, cada persona es un sistema en el cual ese equilibrio también debe ser contemplado. La perspectiva sistémica nos ofrece numerosos matices muy interesantes sobre el dar y el recibir. Nos referiremos sólo a uno de ellos, que suele ser un tópico o un estereotipo muy extendido: normalmente se dice que cuanto más damos más recibimos y entendemos que el acto de dar es la manifestación amorosa por excelencia.

Por lo tanto, desde esa óptica existe un dar amoroso y también un recibir amoroso. Dar no es mejor que recibir. Además, dar a veces tiene un punto de arrogancia, nos sitúa por encima del otro y rompe el equilibrio, mientras que recibir nos hace humildes y nos nutre, nos reconecta con nuestra condición de ser limitados y con la necesidad que tenemos de los demás para salir adelante en la vida. Además, recibir o, lo que es lo mismo, tomar lo que se nos da es indispensable para poder dar y hacerlo sin exigencias, sin intenciones y sin desgastarnos.

Tercer orden Tiene que ver con la conciencia, las normas, las reglas y las jerarquías dentro de los sistemas.

Éste es un orden con una doble lectura y un planteamiento ambivalente.

Por un lado, cuando se respetan las normas y el orden, todos los miembros del sistema se sienten mejor. Por otro, la conciencia bloquea el amor hacia aquellas personas que no pertenecen a mi grupo. Por tanto, conviene que aprendamos también a saltarnos las normas del grupo, a transgredir, a tener lo que se llama «mala conciencia», ya que es así como nos damos cuenta de que existen otros grupos, otras normas, otras maneras, otras culturas, y entonces podemos ir más allá de los límites de la nuestra, expandir nuestra conciencia y evolucionar hacia un amor más grande, más inclusivo. Sólo donde yo voy más allá de la conciencia son posibles el amor profundo, el reconocimiento y el respeto, también para personas ajenas . Amor es poder mirar y incluirlo todo, los hechos, los sentimientos y las relaciones difíciles, lo que está de acuerdo con nuestra conciencia y lo que no… En prácticamente todos los sistemas han existido exclusiones. Y se excluye lo que contraviene las normas del sistema y, sobre todo, lo que duele. Se excluye para proteger del dolor y esa protección también es amor, pero el dolor resulta que nos hacer crecer y también hemos de poder mirarlo. Cuando podemos incluir el dolor y el amor al mismo tiempo, cuando podemos nombrar o visualizar lo que había estado excluido, se restablece el flujo de la vida y los sistemas se reorganizan y se reequilibran por sí mismos. El amor desde la perspectiva sistémica implica cambios muy sencillos y al mismo tiempo muy profundos y de gran calado, y con pocas palabras hay suficiente.

A veces basta con tener un recuerdo para aquel familiar a quien nunca más hemos recordado y pensar en algún momento bonito a su lado, en alguna cosa que aprendimos de él/ella o en alguna cualidad que quizás no supimos reconocer en aquel momento. Asentir al pasado y llevarnos su fuerza hacia el futuro Sintetizando, y desde la perspectiva sistémica-fenomenológica, el amor es la capacidad de mirar al pasado para poder salir de él llevándonos hacia el futuro la fuerza, tanto del amor como del dolor que ha existido. Amor y dolor son las dos grandes emociones de trasfondo  y, cuando pueden ser integradas, revierten en fuerza para la vida. La fuerza no nos la da únicamente el hecho de mirar atrás. Nos la da el sentirnos enraizados y interiormente en paz con nuestro sistema familiar, con nuestros padres, con lo que ellos nos dieron y con lo que no nos dieron, con la historia de amor de la cual provenimos, y poder mirar hacia el futuro con todo ello detrás, sosteniéndonos. Asentir al pasado tal y como ha sido, coger la fuerza del padre y de la madre, que existe hasta en los casos más dramáticos, tomar la vida tal y como nos ha sido dada, con lo que nos gusta y lo que no, lo que responde a nuestras expectativas y lo que no, teje una red de posibilidades y se convierte en una esperanza de plenitud. Ampliar nuestra mirada hacia nuestro propio sistema familiar, aprender a mirar con buenos ojos lo que ha sido y lo que no ha sido, es disponernos a la abundancia. Como dice Angélica Olvera, no nos quema dar, nos quema recibir de fuentes equivocadas, que nos llenan de una manera efímera y superficial. Cuanto más podemos mirar nuestro sistema, a nuestra familia, más ampliamos la mirada y más ensanchamos nuestro corazón, y generamos cambios de pensamiento y de perspectiva, así como nuevas narrativas de nosotros mismos que requieren un cambio de lenguaje y desembocan en un cambio profundo de actitud ante la vida.

Necesitamos hacer un ejercicio de realismo, renunciar a pretensiones ilusorias y poder sentir que lo que hemos recibido, sea lo que sea, ha sido suficiente.

Cuando excluimos a alguien o alguna cosa, excluimos el amor. En cambio, cuando damos un lugar en nuestro corazón a todas las personas, emociones y hechos significativos de nuestra vida y de nuestro sistema, reencontrando las pequeñas o grandes chispas de amor y de vida que de cada hecho y de cada persona nos vienen, más allá de los hechos y de sus repercusiones emocionales, y más allá de los juicios, es como si el amor de desencallara y entonces pudiera empezar a tener un lugar real en nuestra vida presente y futura. El amor se convierte entonces en la energía primordial de la vida y todas las emociones están orientadas y reconducidas por él, están bajo su caudal y bajo su luz, y entonces resultan inteligentes, transformadoras y reparadoras, y podemos crecer con ellas y trascenderlas.

Hasta que no desenredamos el hilo que une pasado, presente y futuro, y tejemos la resiliencia, no acabamos de estar bien y no podemos avanzar hacia el futuro con la fuerza que da el enraizamiento a nuestro sistema y la aceptación de la propia identidad familiar, emocional, social y cultural. De nuevo surge la idea de que, en cierta manera, es como si el amor requiriera una aceptación profunda de cualquier tipo de amor.

«Sólo cuando una persona respeta todo lo que recibió de su padre y de su madre puede respetarse a sí misma. Y ese respeto puede convertirse en el valor más elevado, el amor… Y aún puede subirse otro escalón: si está dispuesta a querer a su padre y a su madre a pesar de todo, también podrá quererse a sí misma a pesar de todo»

Honra a tu padre y a tu madre, para que tus días sean alargados sobre la tierra que el SEÑOR tu Dios te da. Éxodo 20:12