Desde la perspectiva sistémica fenomenológica, podemos decir que el amor es un proceso. Un proceso que consiste en ir incluyendo todo lo que de una manera u otra rechazamos, ya sean hechos, emociones, personas o vínculos. Amar es ampliar la mirada, expandir la conciencia, asentir a todo tal como es. Es poder decir «sí» a lo que nos gusta y a lo que no nos gusta. Es dar un lugar a todo lo que, por alguna razón, excluimos. Amar es incluir. Todas las personas actuamos por amor: Si hay una frase que, a mi entender, sintetice la idea o el concepto de amor desde la perspectiva sistémica es esta: todas las personas actuamos por amor. Se trata de una frase que puede generar cierta controversia por su rotundidad y por la generalización en que incurre, pero al mismo tiempo tiene la virtud de igualarnos a todos los seres humanos y la de superar las visiones restrictivas del amor. Si circunscribimos el amor a un sentimiento y a una actitud de afecto, de reconocimiento, de disponibilidad hacia el otro, de intercambio positivo, de establecimiento de vínculos saludables y de armonía en las relaciones interpersonales, deberemos concluir que, efectivamente, no siempre y no todas las personas actuamos con amor o, si más no, amorosamente. Pero si podemos entender el amor como la energía primordial y originaria de la vida, como la pulsión biológica que preserva la especie, entonces quizás podamos llegar a comprender qué es el amor, qué nos mueve, aunque ese amor no siempre sea evidente, no siempre se corresponda con la imagen ideal que tenemos de él y no siempre tome su mejor forma. La idea de que actuamos siempre por amor no es fácil de admitir. Si partimos de la base de que hay amores buenos y amores malos, no podremos catalogar como amor los últimos. Determinaremos que el amor, o es bueno, o no es amor. Pero si dejamos al margen los juicios de valor y somos capaces de percibir internamente el amor como esa energía o pulsión natural orientada a la supervivencia, entonces nuestro concepto de amor se puede ampliar y puede conjugar y englobar paradojas y situaciones antagónicas, como que cuando una pareja se une lo hace por amor y cuando se separa también lo hace por amor, o que cuando una criatura se comporta inadaptadamente lo hace por amor y cuando se comporta de manera adaptada también lo hace por amor. Desde la perspectiva sistémica, el amor no se califica ni cuantifica. Lo más relevante no es cómo lo catalogamos, sino hacia dónde apunta nuestro amor, en quién y en qué lo tenemos puesto, hacia dónde mira y hacia dónde no mira, a quién se dirige y hacia dónde nos conduce, qué nos mueve a hacer y cómo nos configura. Lo que por último se convierte en esencial es si esa energía o pulsión imperiosa y profunda que es el amor se traduce en un impulso saludable hacia la vida o por el contrario nos aboca a algún tipo de desorden o a alguna forma de destrucción. Pensemos por un momento en los vínculos más significativos de nuestra vida. Empecemos por los dos que nos son más cercanos, incluso en el caso de que no los hayamos conocido: el del padre y la madre. ¿Cómo resuenan en nuestro interior? ¿Con qué emociones nos conectan? ¿Qué recordamos más: lo que nos dieron o lo que no nos dieron? ¿Con qué nos quedamos: con lo que a pesar de todo estuvo bien y nos ayuda a tirar adelante o con lo que pensamos que no estuvo bien y nos sigue acompañando como un peso, como una rémora de la cual no conseguimos desprendernos? Más aún: ¿podemos mirar con buenos ojos la historia de amor de la cual venimos, al margen de cuál haya sido su naturaleza, su resultado, la forma que haya tomado, la evolución que haya tenido…? Estas preguntas nos pueden dar una primera idea de si nuestra mirada se orienta a la escasez o a la abundancia, a la queja o a la gratitud, al resentimiento o al asentimiento, a la inclusión o a la exclusión. De si nuestro amor es un amor sistémico, inclusivo, o un amor limitado, parcial, excluyente. De la queja y la escasez, a la gratitud y la abundancia La perspectiva sistémica del amor tiene que ver con el asentimiento, la gratitud, la abundancia y la inclusión. La abundancia tiene poco que ver con la cantidad de amor. Y el asentimiento y la gratitud tienen poco que ver con la calidad. El amor sistémico lo incluye todo: lo que puede ser catalogado como bueno y lo que no. ¿Qué importa a un hecho, a un fenómeno, el juicio que nosotros hagamos de él, la manera como lo cataloguemos? ¿De qué sirve decir que un acontecimiento, una relación, no debería haber existido o no debería haber ocurrido tal como ocurrió? Los hechos son los hechos y son como son independientemente de la etiqueta que les colguemos. Pero eso si, la etiqueta nos lleva por caminos muy diferentes. experiencias muy diferentes en relación al mismo hecho Lo importante son las emociones que tengo asociadas a cada hecho y a cada persona, y qué repercusiones tienen sobre mí. Qué lectura emocional hago de los hechos y de los vínculos significativos de mi vida y cómo me afecta esa lectura: ¿me fortalece o me debilita?, ¿me hace una persona más completa, más íntegra e integrada?, ¿o me destroza, me disminuye, me recorta? Desde el punto de vista sistémico, no seria un buen planteamiento preguntarnos si hubo poco o mucho amor en nuestra infancia, ni si fue bueno o malo. Al lado de lo que no se nos dio, de lo que no se nos hizo, del mal que se nos pudo causar, siempre hay todo lo que sí se nos dio, sí se hizo, se hizo bien. En el peor de los casos, ¡se nos dio ni más ni menos que la vida! Lo que es esencial, la vida, ya lo tenemos. Y la semilla de la vida es completa en sí misma y está llena de posibilidades. Contiene siempre una esperanza de plenitud, y la responsabilidad cuando somos adultos ya es totalmente nuestra. Pero a menudo nuestras perspectivas y anhelos frustrados, lo que no fue, que no nos gustó, que nos hizo daño, que pensamos que no se hizo bien… va menguando esa semilla y tenemos vidas de bonsái, bonitas, pero recortadas. En realidad, vidas cultivadas en bandejas aisladas y sin raíces profundas en la madre tierra. Mirar atrás desde la queja, el lamento o el resentimiento no nos hace avanzar, no hace crecer nuestra capacidad de amar y no revierte en armonía, bienestar ni plenitud vital. La pregunta a hacernos es si de lo que hubo –sea lo que sea y nos guste más o menos- hemos sabido extraer la fuerza necesaria para enamorarnos de la vida, para engancharnos a ella y conducirla hacia una plenitud y una armonía crecientes. Todo ello está más relacionado con la lectura que nosotros hacemos de nuestra propia historia, con lo que somos capaces de extraer de ella, que con la cantidad y la calidad del amor que se nos dio. Al fin y al cabo, podemos haber recibido mucho y haber extraído muy poco. Y viceversa. Podemos haber recibido poco y haber extraído mucho. Tienen mayor relevancia las historias que nos explicamos sobre nosotros mismos y como tengamos constituidos los vínculos internos, que la propia naturaleza de los hechos y de las relaciones. El amor sistémico deja la pelota en nuestro tejado, apela a nuestra responsabilidad, a nuestra capacidad de redescubrir el amor y la fuerza de nuestros vínculos, y reconvertirlos en un impulso poderoso para la vida, más allá de los juicios sobre qué está bien o mal y de las emociones que todo ello genera. Todo depende, en último término, de los ojos con que nosotros miramos las cosas, la calidad y la amplitud de nuestra mirada. Por esta perspectiva se dirige, en un primer momento, a poder mirar y reconocer los hechos y los vínculos significativos de nuestras vidas, así como las emociones que tienen adheridas y, en un segundo momento, a reorientar y ampliar las miradas, a fin de trascender esas emociones y ayudarnos a establecer nuevas imágenes, nuevas narrativas con nosotros mismos y del amor que nos mueve.

Pensar que todo lo que hacemos es por amor y sucede por amor debería relajarnos.

El amor demasiado a menudo marca fronteras o divisiones entre buenos y malos, y crea expectativas favorables o desfavorables hacia las personas y sus posibilidades, en función de si consideramos que hay amor o no y de la calidad que le asignamos. Los juicios al amor son incompatibles con la propia naturaleza del amor y nos encamina a reconocer qué es y a asentir a qué es, lo que siempre tiene un sentido fundamental de cara a la supervivencia de la persona y normalmente ha sido la mejor forma o la única posible hasta aquel momento. Sólo desde la comprensión y aceptación de cada hecho y de cada situación tal como ha sido y tal como es, podremos vislumbrar, contemplar, sugerir, plantear y experimentar nuevas posibilidades en el futuro. Dos grandes tipos de amor : podemos hablar de dos grandes tipos de amor, que configuran la médula de nuestra existencia y de nuestra capacidad y manera de querer: – El amor maternal-paternal. – El amor filial. El amor maternal-paternal, que desarrollan las madres y padres hacia sus hijos e hijas, suele estar condicionado por el amor que nosotros hemos recibido de nuestros propios padre y madre. Normalmente queremos a nuestros hijos/as como nosotros fuimos queridos por nuestros padres, o de una manera similar. La manera como nuestros padres nos quisieron es, asimismo, la mejor manera que sabían, y la manera como nosotros queremos a nuestros hijos e hijas es también la mejor manera que sabemos. Esta manera de cómo fuimos queridos no nos determina. Es como una ley que llevamos escrita en lo más profundo de nosotros, y sólo desde el asentimiento y el reconocimiento sincero de que fue la mejor o la única manera posible, nos sentiremos con permiso interno y con una disposición positiva para ir unos pasos más allá y cambiar algunas cosas de manera plácida y no traumática. El amor filial, que sentimos los hijos e hijas por nuestros padre y madre, por encima de como sean, de la relación que tengamos con ellos o que hayamos tenido, y hasta de si los hemos conocido o no, es el amor sistémico por excelencia. De hecho, el amor maternal-paternal es, en último término, una variante del amor filial: quiero a mis hijos/as como yo fui querido/a como hijo/a, o de una manera muy parecida, o, si más no, tomando como base y como punto de partida la manera como me quisieron o, mejor dicho, como me sentí querido/a. El amor filial confirma la frase con la cual empezábamos este texto: todos los hijos e hijas actuamos por amor. Todos somos hijos o hijas y, por lo tanto, todos actuamos por amor. Que los hijos e hijas actuemos por amor quiere decir que, en lo más profundo, estamos unidos por un fuerte vínculo a nuestro sistema o grupo familiar de origen y que, para sentir que pertenecemos y para compensar los déficits que pueda haber en él, estamos dispuestos a hacer lo que sea necesario, incluso a estropear nuestra vida. Que todos los hijos e hijas actuamos por amor significa que adoptamos el rol, las funciones, las opciones de vida, el destino personal, que hacen un mejor servicio a nuestro sistema y garantizan su supervivencia. También significa que con nuestra manera de actuar y de comportarnos puede que estemos mostrando a alguna persona, algún hecho, algún sentimiento, algún vínculo importante que fue excluido o rechazado, y eso lo hacemos para restaurar el equilibrio (homeostasi) del sistema, aunque sea a costa de nuestro bienestar. Por lo tanto, una de las labores más importantes que desde ese abordaje debemos realizar, para favorecer un crecimiento personal saludable, es identificar los amores ciegos, los que nos llevan a sacrificarnos con la pretensión infantil e ilusoria de salvar el sistema, y reconducirlos hacia amores maduros, menos deterministas, más libres, más ricos en posibilidades. Los órdenes del amor : Son unas leyes naturales para que los sistemas humanos funcionen y la vida y el amor puedan fluir en su sino. Estos órdenes son tres y podemos sintetizarlos como. Seguir leyendo.